Sobre el cine.

¿Qué podría decir yo?

Si las palabras pudieran materializarse en objetos del mismo tamaño que su extensión en letras, el cine sería, al igual que muchos otros conceptos, uno muy denso.

Yo aspiro a formar una pequeña parte de ese objeto, aunque con certeza y absoluta seguridad sólo puedo hablar de cómo llegué a querer formar parte. No podría contar nada más sin caer en la historia misma del cine, para eso necesitaría muchas más páginas puesto que se me hace imposible resumir al cine en un solo artículo.

Para 1996, yo era un niño, no muy sano, no muy bueno, no muy alto y no muy definido, vivía más tiempo en mi cabeza que en la realidad tangible y en común con los demás, prefería no estar, me obsesionaba con un tema, una caricatura, una materia, algo, pero sólo hasta que obtenía de eso aquello que buscaba, una abstracción.

Ya que sentía que me había aburrido del tema, cambiaba a uno nuevo, era la mejor forma de distraerme y aunque me llevaba entre todo eso mi educación preescolar, mi realidad me gustaba más, no porque fuera malo para la escuela, al contrario, en mi educación básica me fue bien sin ningún esfuerzo.

La distracción fue la base sobre la que me construí, hasta que un día ya no fue un cimiento sólido y tuve que empezar a estudiar, para eso ya era un adolescente, pero antes eso hubo un mundo audiovisual al que tuve acceso gracias a la televisión por cable, un mundo de temas que estudiaba tan a fondo como me permitía mi edad.

A los once años no me interesaba mucho el cine, era una más entre las cosas que creía que no debía soñar, lo veía en mis canales habituales de cable, pero sólo como una distracción que terminaba al cabo de una hora y cuarenta minutos, me gustaba más dibujar y perderme entre trazos, amaba la forma en que las líneas por si solas no eran más que líneas inconexas y amorfas, pero cuando terminaba las líneas habían pasado a ser parte de un todo que permitía reconocer en el trabajo final alguna escena u objeto.

Pero fue cuando tenía esa edad que vi en la televisión, “La Naranja Mecánica”, de Stanley Kubrick, recuerdo que tuve pesadillas con una imagen de Alex con sangre en los colmillos, esa película me impactó, traté de sacarla de mi cabeza, pero no podía, había algo que siempre me hacía recordar la belleza de las imágenes violentas y el raro hablar de sus personajes, trataba de imaginar cómo era el sujeto que puso eso ahí.

Decidí llevar la fiesta en paz con el cine, y seguir como había estado hasta entonces sólo disfrutándolo como entretenimiento. Pronto me obsesioné con otras cosas, juguetes, revistas, cuentos, novelas, &c.

Comencé a escribir cuando la distracción no podía ser más la base de mi existencia, escribía poemas y cuentos cortos, no es que no hubiera escrito antes, sino que ahora podía de hecho concentrarme en hacerlo, todo producto de un medicamento cortesía de mi psiquiatra y el seguro médico. Fue mi nueva obsesión, pero más que obsesionarme me complementaba, podía sentirme existiendo en cada palabra que escribía, cada vez que tenía algo que decir disfrutaba de verlo convertido en palabras que cualquiera con una escolaridad básica podría entender.

Pronto las ideas se fueron complicando y ya no era suficiente describir lo que veía en mi cabeza para sentirme satisfecho, entonces acudí a la fotografía, que no ayudó mucho porque más que expresar cosas con fotografías, me interesó capturar aquello que la gente solía pasar por alto, lo que los convencionalismos de la vida diaria y la rueda sobre la que gira la economía nos hacen dar por sentado. Para esto ya tenía 18 años, volví a la escritura, todo aquello que había aprendido en la fotografía enriqueció mi literatura, y todo aquello que leía enriquecía mi fotografía.

Volví a ver la naranja mecánica, esta vez de otra forma, pensé que no vería nada más de lo que Kubrick hubiera hecho hasta que no estuviera listo. La maestría con la que se conjuntaban la fotografía, la literatura y la música a lo largo de los ocho mil ciento sesenta segundos que corre el film, me dejaba pensando en el potencial de creación que hay en el celuloide. En ese entonces no sabía realmente quién era el responsable de lo que se veía en pantalla, ni qué hace un productor, ni qué  tanto influía el guionista o el director, investigué un poco y descubrí el cine de autor.

Me intrigaba la forma, pero más el fondo que le daba el tiempo a las ideas, como un imagen podía fundirse con una canción, como ese tiempo era también espacio e imagen, como la yuxtaposición de imágenes podía lograr el efecto que logra en el espectador, que más allá de perderse en las letras de un guión o en la empatía de una actuación, vertía su mente en una ficción que los sacara de si y darle una ilusión, transmitirle la visión personal del universo que alguien logró conjuntar en unos cuantos minutos. Quiero ser ese alguien.

 

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Lugar.

Mi lugar, es un momento, una fracción de tiempo, o en su defecto la repetición de las acciones de ese momento. Siendo el espacio directamente proporcional al tiempo, al menos en un plano general del universo, que es tan viejo como grande y viceversa.

Son los momentos que me han hecho sentir pertenencia, como sí toda mi existencia se resumiera en esa situación, a ese lugar, dónde debía estar en ese momento, momentos en los que seguramente pensé: “Nací para vivir esto”.

También aquellos que son un refugio, momentos que puedo recordar en cualquier momento y me hacen sentir en paz, como salvavidas a los que me puedo aferrar y saber que todo estará bien, que nada puede salir mal. Recuerdos de miradas, de reflejos, de caras, de abrazos, de caminatas, de caricias, de páginas, de risas, de fotogramas.

También algunos objetos que pueden hacer lo mismo, una moneda, es el mejor ejemplo, tengo una moneda, que significa más para mí que un montón de estaño comprimido, una moneda que me remite al lugar en donde mi mente está en paz, me siento tranquilo, refugiado, en casa.

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Biografía mínima.

Mauricio Navarro nació un veinticuatro de abril del año 1991, en el hospital español de la delegación Miguel Hidalgo, en la ciudad de México, DF.

Desde entonces no ha sido más que un vagabundo con casa, pasando por una vida escolar normal y aburrida, pero siempre tratando de revelarse contra el sentido de la vida.

No ha tenido logros tan remarcables, tal vez ni siquiera ha tenido logros, sólo ha estado en ciertos lugares en los momentos indicados, sin una intención específica, sólo respirar y caminar, distraído todo el tiempo, imaginando, distrayéndose incluso de su propia imaginación, siempre en busca del arte de vivir.

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